Técnicas de respiración para la ansiedad: guía práctica

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Respiras unas veinte mil veces al día y casi ninguna la decides tú. Esa es justo la razón por la que la respiración es la puerta de entrada más accesible que tienes al sistema nervioso: funciona en automático, pero puedes tomar el mando cuando lo necesitas. Las técnicas de respiración para la ansiedad no son un truco de relajación blandito, son una intervención con efectos medibles sobre la frecuencia cardíaca, el tono muscular y el estado de ánimo.

Aquí tienes las cinco técnicas que mejor funcionan, cómo se hacen paso a paso, cuál sirve en pleno ataque y cuál para el fondo del día, y los errores que hacen que muchas personas concluyan que “a mí la respiración no me hace nada”. En Espai Nun, centro de psicología en Terrassa, es una de las primeras herramientas que trabajamos en consulta con quien llega con ansiedad, precisamente porque da resultados desde la primera semana y se puede practicar en cualquier sitio.

¿Por qué la respiración influye tanto en la ansiedad?

Porque es el único proceso del sistema nervioso autónomo que puedes controlar de forma voluntaria, y al modificarlo mandas hacia arriba una señal que el cerebro interpreta como información sobre el nivel de peligro. Cuando reduces el ritmo y alargas la exhalación, el cuerpo recibe el mensaje de que no hay amenaza inmediata y baja la activación en consecuencia.

El mecanismo concreto tiene nombre y está bastante estudiado. Al inspirar, el corazón se acelera ligeramente; al exhalar, se frena. Esa oscilación depende del nervio vago, la vía principal del sistema parasimpático, el circuito encargado de recuperar el organismo después de un esfuerzo. Cuando alargas las exhalaciones respecto a las inspiraciones, aumentas el tiempo que el vago pasa en modo freno, y con él la variabilidad de la frecuencia cardíaca, uno de los indicadores más fiables de que el cuerpo está saliendo del estado de alerta.

La revisión sistemática de Zaccaro y su equipo en Frontiers in Human Neuroscience recogió esta relación con bastante detalle: en las técnicas por debajo de diez respiraciones por minuto encontraron aumento de la variabilidad cardíaca y de la actividad parasimpática, junto con más potencia alfa y menos theta en el EEG, y en el plano psicológico más relajación y vigor con menos ansiedad, depresión e ira. El umbral importa más de lo que parece: por debajo de diez respiraciones por minuto empieza el terreno útil, y una persona con ansiedad suele estar respirando entre dieciséis y veinte veces por minuto sin darse cuenta.

Conviene decir también lo que la respiración no hace, porque el exceso de promesas es lo que más desanima. No elimina la causa de la ansiedad ni sustituye al trabajo terapéutico cuando hay un trastorno instalado. Lo que hace es bajar el nivel de activación lo suficiente para que puedas pensar, decidir y no salir corriendo, y ese margen es exactamente lo que permite trabajar todo lo demás.

¿Qué le pasa a tu cuerpo cuando entras en crisis de ansiedad?

En una crisis el cuerpo ejecuta un programa de emergencia completo y coordinado, y el detalle relevante es que la respiración es la primera pieza que se descontrola y la que arrastra al resto. Entender la secuencia cambia mucho la experiencia de estar dentro de ella, porque la mayor parte del miedo que se siente en una crisis no viene de la crisis en sí, sino de no saber qué está pasando y de interpretar cada sensación como el aviso de algo peor. Cuando conoces el guion, los síntomas siguen ahí y dejan de significar lo que parecían significar.

Todo empieza con una descarga de adrenalina y cortisol que prepara el organismo para una acción física intensa. El corazón sube de revoluciones, la sangre se redirige hacia los músculos grandes, las pupilas se dilatan y la digestión se detiene. En paralelo la respiración se vuelve rápida y alta, de pecho en lugar de abdomen, con inspiraciones cortas que apenas llegan a llenar los pulmones. Si te interesa el papel de la hormona que sostiene esta activación, lo desarrollamos en el artículo sobre qué es el cortisol y cómo bajarlo.

Aquí aparece la paradoja que confunde a casi todo el mundo: hiperventilar no te da más oxígeno, te quita dióxido de carbono. Al respirar deprisa expulsas CO₂ más rápido de lo que lo produces, la sangre se vuelve más alcalina y los vasos que llevan sangre al cerebro se estrechan. El resultado es el catálogo típico de la crisis —mareo, hormigueo en manos y alrededor de la boca, visión borrosa, sensación de irrealidad, opresión en el pecho, manos frías— que la persona interpreta como la prueba de que algo grave está ocurriendo. Esa interpretación dispara más miedo, el miedo acelera más la respiración, y el círculo se cierra. Lo describimos con más detalle en el artículo sobre ataques de ansiedad, causas y síntomas.

Saber esto tiene un valor práctico inmediato. Si los síntomas más aparatosos de la crisis vienen de un exceso de ventilación, entonces hay una salida mecánica: reducir el ritmo y alargar la exhalación restablece el CO₂ y desmonta la cascada desde el punto donde empezó. No hay que esperar a que pase, se puede intervenir. Y cuando la activación se sostiene durante meses, aparecen molestias físicas sin causa médica clara que también responden a este circuito, algo que tratamos en el artículo sobre somatización por ansiedad.

¿Cuáles son las mejores técnicas de respiración para la ansiedad?

Estas cinco son las que tienen mejor respaldo y las que más usamos en consulta. Todas comparten el mismo principio —bajar el ritmo y dar peso a la exhalación— y se diferencian en el momento en que conviene aplicarlas: hay técnicas pensadas para el pico agudo, otras para los minutos previos a algo que temes y otras para bajar poco a poco el nivel general. Merece la pena leerlas las cinco y quedarse con dos o tres, porque intentar incorporar todas a la vez suele acabar en no practicar ninguna.

Respiración diafragmática: la base de todas las demás

Es la técnica fundamental y la que hay que aprender primero, porque el resto se construyen encima. Consiste en respirar moviendo el diafragma en lugar de la parte alta del pecho, de modo que el abdomen se expande al inspirar y baja al exhalar. Suena elemental hasta que te pones una mano en la barriga y compruebas que llevas años respirando con los hombros.

Su ventaja es que resulta discreta y utilizable en cualquier contexto: en una reunión, en el metro, en la sala de espera de un médico. Nadie nota que la estás haciendo. Su desventaja es que necesita entrenamiento previo, porque el patrón torácico está muy automatizado y en pleno pico de ansiedad no vas a poder cambiarlo si no lo has practicado antes en calma.

Respiración 4-7-8: para el insomnio y la activación de la noche

Popularizada por el médico Andrew Weil, sigue un patrón fijo: inspirar por la nariz durante cuatro segundos, retener el aire siete y exhalar por la boca durante ocho, con los labios ligeramente entreabiertos y haciendo un sonido suave. Se repite cuatro ciclos, y con la práctica se puede llegar a ocho.

Lo que la hace potente es la proporción: la exhalación dura el doble que la inspiración, con lo que el freno parasimpático trabaja el máximo tiempo posible en cada ciclo. Es la que mejor funciona para la ansiedad de la noche, cuando llevas cuarenta minutos en la cama dándole vueltas a la cabeza; si es tu caso, en el artículo sobre ansiedad nocturna hay más contexto sobre por qué aparece a esa hora. Una advertencia importante: la retención de siete segundos puede resultar incómoda o generar más agobio en las primeras sesiones, así que conviene empezar con la mitad de tiempos —2-3,5-4— y subir cuando el cuerpo lo acepte. En medio de un ataque de pánico esta técnica no es la indicada, porque retener el aire suele intensificar la sensación de ahogo.

Respiración cuadrada 4-4-4-4: para la ansiedad anticipatoria

Conocida también como box breathing, es la que utilizan los cuerpos militares y de emergencias antes de una intervención, y esa procedencia dice bastante de para qué sirve. El patrón es simétrico: inspirar cuatro segundos, retener cuatro, exhalar cuatro, esperar cuatro con los pulmones vacíos antes del siguiente ciclo. Cuatro lados iguales, de ahí el nombre.

Su terreno es la ansiedad anticipatoria: los minutos antes de una presentación, de una entrevista, de una conversación difícil o de un examen. No busca sedarte, busca dejarte activado y bajo control, que es lo que necesitas cuando vas a rendir. La simetría también facilita la concentración, porque contar el mismo número cuatro veces ocupa la cabeza y deja menos espacio al bucle mental. Si reconoces ese patrón de sufrir por adelantado, lo desarrollamos en el artículo sobre ansiedad anticipatoria y miedo al futuro.

Suspiro fisiológico: la más rápida de todas

Es la que da resultados en menos tiempo y la única realmente utilizable en pleno pico. Consiste en una inspiración por la nariz, y sin soltar el aire una segunda inspiración corta encima, para terminar con una exhalación larga y completa por la boca. Dos inhalaciones y un vaciado. El cuerpo lo hace solo cuando estás a punto de llorar o cuando te calmas después de un susto, y de ahí viene su nombre.

La lógica es mecánica: la segunda inspiración reabre los alvéolos colapsados por la respiración superficial, con lo que la exhalación siguiente puede expulsar mucho más CO₂ acumulado. El ensayo de Balban y su equipo en Cell Reports Medicine comparó tres prácticas respiratorias de cinco minutos diarios durante un mes frente a meditación mindfulness, y encontró que el trabajo respiratorio, y en especial el suspiro cíclico centrado en la exhalación, produjo mayor mejora del estado de ánimo y mayor reducción de la frecuencia respiratoria que la meditación, con diferencias estadísticamente significativas. Con dos o tres repeticiones se nota el cambio, lo que la convierte en la primera opción cuando la crisis ya ha empezado.

Coherencia cardíaca 5-5: para bajar el nivel de base

Aquí no hay retenciones ni proporciones especiales, solo un ritmo mantenido: inspirar cinco segundos y exhalar cinco segundos, de forma continua, durante cinco minutos. Eso deja el ritmo en seis respiraciones por minuto, que es aproximadamente la frecuencia a la que la variabilidad cardíaca alcanza su máximo en la mayoría de las personas.

Su terreno está lejos de la urgencia: es la que cambia el nivel de ansiedad de fondo cuando se practica a diario. Se recomienda a menudo en tres tandas de cinco minutos —mañana, media tarde y antes de dormir—, y su gran ventaja es lo fácil que resulta de sostener: no hay nada que contar más allá de dos números iguales, y se puede hacer caminando, en el coche parado o en la cama. Al ser una práctica de atención sostenida en algo del presente, se lleva muy bien con lo que explicamos en el artículo sobre cómo meditar correctamente.

¿Cómo hacer una respiración diafragmática correctamente paso a paso?

Se aprende en una sesión de diez minutos y se automatiza en dos o tres semanas de práctica diaria. Estos son los pasos, y merece la pena hacerlos en este orden porque la postura determina si el diafragma puede moverse o no: sentado con la espalda curvada y el abdomen comprimido, la técnica es prácticamente imposible por mucho que se ponga intención. La primera vez conviene reservar diez minutos tranquilos, sin móvil cerca y sin la idea de estar consiguiendo nada, solo comprobando qué se mueve y qué no.

  1. Túmbate boca arriba con las rodillas flexionadas las primeras veces, con un cojín debajo si te resulta más cómodo. Tumbado es mucho más fácil percibir el movimiento del abdomen; cuando ya lo domines, pasa a sentado con la espalda apoyada y los pies en el suelo.
  2. Pon una mano en el pecho y otra en el abdomen, justo debajo de las costillas. Esta es la parte que hace de la técnica algo comprobable: las manos te dan información que la sensación interna todavía no te da.
  3. Inspira por la nariz durante cuatro segundos dirigiendo el aire hacia abajo, como si quisieras hinchar la barriga. La mano del abdomen debe subir y la del pecho quedarse prácticamente quieta. Si es la del pecho la que se mueve, sigues respirando alto.
  4. Deja salir el aire por la boca durante seis segundos, con los labios entreabiertos, sin empujar y sin prisa. La mano del abdomen baja sola. Que la exhalación sea más larga que la inspiración es lo que activa el freno parasimpático, así que este paso es el importante.
  5. Haz una pausa breve de un segundo antes de la siguiente inspiración, sin retener con esfuerzo. Solo un pequeño espacio para que el ciclo no se convierta en una cadena de respiraciones seguidas.
  6. Repite entre cinco y diez minutos, una o dos veces al día. Si te marea al principio, reduce a dos minutos y sube progresivamente; el mareo casi siempre indica que estás cogiendo más aire del necesario.

Un detalle que ahorra frustración: la práctica tiene que hacerse en calma, no en crisis. Entrenar la respiración solo cuando estás mal es como intentar aprender a nadar el día que te caes al agua. Lo que hace que funcione en el momento difícil es haberla repetido cien veces cuando no pasaba nada.

¿Qué técnica usar durante un ataque de ansiedad?

El suspiro fisiológico, y por un motivo concreto: es la única que no requiere contar, ni coordinar tiempos, ni sostener retenciones, tres cosas que resultan casi imposibles cuando la activación está en el máximo. Dos inhalaciones seguidas por la nariz y una exhalación larga por la boca, repetido dos o tres veces. Después, cuando el pico haya bajado un poco, se puede pasar a diafragmática lenta para consolidar.

Hay una razón por la que las técnicas con retención fallan en este escenario. Cuando alguien está en pleno pánico, la sensación dominante suele ser la de no poder respirar, y pedirle que aguante el aire siete segundos añade angustia justo donde ya hay demasiada. La 4-7-8 y la cuadrada son excelentes antes y después, y en el momento álgido suelen empeorar la experiencia.

Junto a la respiración ayuda mucho una segunda pieza: algo que ancle la atención en el presente. Mirar cinco objetos y nombrarlos en voz baja, notar el contacto de los pies con el suelo, sostener algo frío en la mano. La respiración baja la activación física y el anclaje corta el bucle de pensamientos catastróficos, y las dos cosas juntas funcionan mejor que cualquiera por separado. En el artículo sobre técnicas de relajación para la ansiedad hay un repertorio más amplio de recursos de este tipo.

Y una expectativa realista, porque importa: un ataque de pánico tiene un pico que dura entre cinco y veinte minutos y remite solo. La respiración no lo corta de golpe, lo acorta y lo hace mucho más llevadero, y sobre todo evita que se convierta en una escalada. Esperar que desaparezca a la tercera exhalación es la forma más rápida de decidir que esto no sirve.

¿Con qué frecuencia hay que practicar las técnicas de respiración?

Cinco minutos al día, todos los días. Es el dato más consistente y el que sostiene el ensayo de Balban: cinco minutos diarios durante un mes fueron suficientes para producir mejoras significativas del estado de ánimo y descensos de la frecuencia respiratoria en reposo. No hacen falta sesiones largas, hace falta que no haya huecos.

La razón por la que la constancia importa más que la duración tiene que ver con cómo aprende el sistema nervioso. Cada sesión deja una huella pequeña de que ese estado es posible, y la repetición diaria va bajando el punto de partida de la activación. Una sesión de treinta minutos el domingo no produce ese efecto; seis sesiones de cinco minutos repartidas en la semana, sí.

En la práctica, el reparto que mejor funciona reparte el trabajo en tres momentos fijos del día:

  • Una tanda por la mañana, antes de encender el móvil, para empezar el día con el nivel de activación un poco más abajo.
  • Una tanda a media tarde, en la franja donde suele acumularse la tensión del día, aunque sean tres minutos en el coche antes de entrar en casa.
  • Una tanda en la cama, con 4-7-8 o coherencia cardíaca, para facilitar la transición al sueño.
  • Dos o tres suspiros fisiológicos cada vez que notes que la activación sube, sin esperar a que la cosa se convierta en algo grande.

Cuenta con que las primeras dos semanas cuesta y se nota poco. El cambio más claro no suele llegar en las sesiones, llega en forma de reacciones que se moderan: discusiones que ya no te disparan igual, noches que se duermen antes, un mareo que aparece y no escala. Ese es el indicador que hay que vigilar.

¿Qué errores cometen las personas al respirar para calmar la ansiedad?

La mayoría de los “a mí esto no me funciona” se explican por uno de estos siete fallos, y todos tienen arreglo sin cambiar de técnica:

  • Coger demasiado aire en cada inspiración. Es el error más extendido. Al oír “respira hondo” mucha gente entiende “llena los pulmones al máximo”, y eso multiplica la ventilación y produce mareo, hormigueo y más agobio, exactamente lo contrario de lo que se busca. La inspiración correcta es tranquila y de volumen normal; lo que cambia el estado es alargar la salida del aire, no meter más.
  • Respirar con el pecho creyendo que se hace con el abdomen. Sin la mano puesta encima, la sensación engaña, y bastantes personas practican durante semanas un patrón torácico convencidas de que hacen respiración diafragmática. Comprobar con la mano cada vez durante el primer mes es lo que evita automatizar el error.
  • Practicar solo cuando ya se está mal. Usar la técnica exclusivamente en crisis garantiza que no funcione, porque en ese momento el cuerpo no puede ejecutar un patrón que no tiene entrenado. La práctica en calma es la que construye la herramienta; la crisis solo la usa.
  • Exhalar más corto que inspirar. Cuando alguien va con prisa, el ciclo se acelera por el lado de la salida y la proporción se invierte sin querer. Con la exhalación más corta que la inspiración se está estimulando la rama simpática, es decir, activando en lugar de calmar.
  • Forzar retenciones incómodas. Aguantar siete segundos porque la técnica lo dice, con sensación de ahogo, convierte el ejercicio en una fuente de ansiedad añadida. Los tiempos son una referencia y no una regla: la mitad de cada número, con la misma proporción entre ellos, funciona igual de bien mientras el cuerpo se adapta.
  • Abandonar a los tres días por falta de resultados. El efecto de fondo necesita entre dos y cuatro semanas de práctica diaria, y quien espera un cambio notable en la primera sesión lo deja antes de llegar a la parte útil. Ayuda mucho fijar una revisión a los treinta días en lugar de evaluar cada día.
  • Convertir la respiración en una conducta de seguridad. Este es el más sutil y el más importante. Cuando la técnica se usa para huir de la sensación —respirar deprisa y con angustia para que el malestar desaparezca ya— deja de ser una herramienta de regulación y pasa a reforzar el mensaje de que la sensación es peligrosa. La diferencia está en la actitud: se respira para acompañar lo que hay, no para eliminarlo a la fuerza.

¿Cuándo la respiración sola no basta para tratar la ansiedad?

Cuando la ansiedad ha dejado de ser un episodio y se ha convertido en el estado por defecto. La respiración es excelente para gestionar picos y bajar el nivel general de activación, y no alcanza a modificar los pensamientos, las evitaciones y los aprendizajes que mantienen el problema en el tiempo.

Hay señales bastante claras de que hace falta apoyo profesional y no más práctica:

  • La ansiedad aparece la mayoría de los días desde hace más de seis meses, sin un desencadenante identificable que la explique.
  • Estás evitando cosas: reuniones, conducir, el metro, salir solo, planes sociales, sitios donde te dio una crisis. La evitación es el mecanismo que más consolida el problema, y no responde a técnicas de respiración.
  • El sueño está roto de forma sostenida, con dificultad para dormirte o despertares de madrugada varias noches por semana.
  • Hay síntomas físicos persistentes —digestivos, dolores de cabeza, tensión cervical, mareos— con las pruebas médicas en orden.
  • El rendimiento en el trabajo o en los estudios ha caído de forma visible, o llevas tiempo funcionando muy por debajo de lo habitual.
  • Los ataques de pánico se repiten y ha aparecido miedo al propio ataque, que es cuando el cuadro empieza a alimentarse solo.

Si te reconoces en varios puntos, es probable que estemos hablando de un cuadro que necesita intervención, y no de una etapa de estrés que pasará; en el artículo sobre trastorno de ansiedad generalizada explicamos los criterios con más detalle. En terapia, las técnicas de respiración para la ansiedad siguen estando ahí y ocupan su sitio: se usan como herramienta de regulación desde la primera sesión, mientras en paralelo se trabaja la interpretación de las sensaciones, la exposición gradual a lo que se está evitando y los factores que sostienen el cuadro. La respiración abre la puerta; el trabajo terapéutico es lo que atraviesa la habitación.

¿Las técnicas de respiración te ayudan, pero la ansiedad sigue ahí?

Si llevas semanas practicando, notas alivio en el momento y aun así la ansiedad vuelve a su sitio en cuanto sueltas el ejercicio, eso no significa que lo estés haciendo mal: significa que la respiración está haciendo su parte y falta la otra. En Espai Nun trabajamos con un enfoque de psicología integrativa, con terapia individualizada presencial u online y un equipo de psicólogas especializadas en ansiedad y ataques de pánico. Combinamos las herramientas de regulación fisiológica con el trabajo sobre lo que mantiene el cuadro, para que el alivio deje de depender de acordarte de respirar. Si quieres empezar por ahí, consulta con nuestras psicólogas en Terrassa y valoramos tu caso en una primera sesión.

Preguntas frecuentes

¿Cuánto tarda en notarse el efecto de las técnicas de respiración?

Hay dos plazos distintos y conviene no mezclarlos. El efecto inmediato sobre la activación se nota en uno o dos minutos: con dos o tres suspiros fisiológicos la frecuencia cardíaca empieza a bajar y la sensación de opresión cede algo. El efecto de fondo, el que reduce el nivel general de ansiedad, necesita entre dos y cuatro semanas de práctica diaria de unos cinco minutos, y se percibe menos en las sesiones que en la vida corriente: reacciones más moderadas, mejor sueño, menos escaladas.

¿Por qué me marea o me agobia más al hacer respiración profunda?

Casi siempre porque se está cogiendo demasiado aire. Al hiperventilar sin querer se expulsa más dióxido de carbono del necesario, los vasos cerebrales se estrechan y aparecen mareo, hormigueo y sensación de irrealidad, que es justo lo que se intentaba evitar. La corrección es sencilla: inspiraciones normales y sin llenar los pulmones al máximo, todo el esfuerzo puesto en alargar la exhalación, y sesiones de dos minutos hasta que el cuerpo se acostumbre. Si la incomodidad viene de las retenciones, reducir los tiempos a la mitad manteniendo la proporción resuelve el problema en la mayoría de los casos.

¿Sirven las técnicas de respiración para los ataques de pánico?

Sirven para acortarlos y hacerlos más manejables, no para cortarlos de golpe. Un ataque de pánico tiene un pico que dura entre cinco y veinte minutos y remite por sí solo; respirar lento y alargando la exhalación acelera esa bajada y, sobre todo, evita que la hiperventilación amplifique los síntomas. En pleno pico la técnica indicada es el suspiro fisiológico, porque no exige contar ni retener el aire. Cuando los ataques se repiten y aparece miedo al propio ataque, la respiración deja de ser suficiente y conviene consultar.

¿Es mejor respirar por la nariz o por la boca?

Por la nariz al inspirar y por la boca al exhalar en la mayoría de las técnicas. La nariz filtra, calienta y humidifica el aire, y su menor calibre ralentiza la entrada de forma natural, lo que ayuda a no coger volumen de más. La boca entreabierta en la salida permite una exhalación más larga y controlada, que es la parte que activa el freno parasimpático. La excepción es la coherencia cardíaca, donde suele hacerse todo por la nariz para mantener el ritmo de cinco y cinco sin interrupciones.

Resumen

Las técnicas de respiración para la ansiedad funcionan porque bajar el ritmo por debajo de diez respiraciones por minuto y alargar la exhalación activa la rama parasimpática del sistema nervioso y aumenta la variabilidad cardíaca. Las cinco con mejor respaldo son la diafragmática, la 4-7-8, la cuadrada, el suspiro fisiológico y la coherencia cardíaca, cada una con su momento de uso. El efecto de fondo aparece con cinco minutos diarios sostenidos durante un mes.

  • Lo que cambia el estado del cuerpo es alargar la exhalación, no coger más aire.
  • El terreno útil empieza por debajo de diez respiraciones por minuto; con ansiedad se respira entre dieciséis y veinte.
  • La respiración diafragmática es la base y hay que aprenderla primero, con una mano en el abdomen para comprobarla.
  • La 4-7-8 es la mejor opción para la ansiedad de la noche, y no es adecuada en pleno ataque de pánico.
  • La cuadrada 4-4-4-4 encaja en la ansiedad anticipatoria: deja activado pero bajo control.
  • El suspiro fisiológico es el más rápido y el único realista dentro de una crisis.
  • La coherencia cardíaca 5-5 es la que baja el nivel de ansiedad de base con práctica diaria.
  • Los síntomas más aparatosos de una crisis vienen de perder dióxido de carbono, no de falta de oxígeno.
  • El error más común es inspirar demasiado, que produce mareo y hormigueo y hace pensar que la técnica no sirve.
  • La práctica se entrena en calma; en crisis solo se usa lo que ya está automatizado.
  • Cuando hay evitaciones, insomnio sostenido o ataques recurrentes, la respiración no basta y conviene consultar.

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